lunes, 29 de octubre de 2012

Una vida. Un recuerdo.


                Bajé con pesar la mirada al ordenador. Nada. El chat apagado, los mensajes enviados y el aburrimiento buscando las llaves para abrir la puerta de casa. Subí la cabeza de nuevo. Otro nada desquiciante. Los reflejos de una persecución policial de una de tantas películas sobre persecuciones policiales salían de la pantalla refractándose en los cristales de mis gafas. Me las quité. Jamás llegaré a soportar el peso de esas patillas sobre mis orejas. Miré al sofá de al lado. Un casi octogenario hombretón de panza desproporcionada y pelo blanco como las cenizas de la madera consumida miraba la tele con vista cansada, como si el hecho de que el policía hubiese atrapado al ladrón tras veinte minutos de balas y patadas le pareciese lo más insustancial del mundo. “Tendrían que haber matado a alguien, esto no es cine” habría comentado a voces si hoy no le hubiese enfadado. Me temo que la diferencia de sesenta años hace que contestemos de formas un tanto distintas a la pregunta de cómo recoger una habitación. La suya está impecable, no lo niego, pero mi subconsciente se siente mucho más cómodo dentro de un recinto lleno de pósters en el que no se vea un resquicio del suelo. Volví a bajar la mirada para ver si había alguna novedad en el “cachivache con letras” que tenía en las piernas. Nada. Opté por apagar el portátil para no acabar desesperada ante la falta de comunicación de un domingo por la noche. Aburrimiento ya había encontrado la llave y se encontraba a mi lado mirándome con una sonrisa de superioridad en la boca. Desesperación era la que se acababa de despertar para amargarme más el final de semana. Por el rabillo del ojo vi que mi abuelo se incorporaba para coger el mando de la tele. “Boxeo no, boxeo no, boxeo no” rogué con una cara que reflejaba el pavoroso temor que me inundaba cuando mi abuelo cogía el mando. Sin embargo, mi expresión paso de miedo a incomprensión y de ahí a perplejidad cuando un manto negro inundó la pantalla y un incómodo silencio asoló toda la casa.
                - Ya era hora de que apagases ese cacharro. – dijo mi abuelo. No contesté, no sabía si su tono indicaba el comienzo de una pelea como la de esta mañana o una reconciliación – creo que tú y yo tenemos una conversación pendiente, zorro. – Suspiré, me había llamado de la forma más cariñosa con la que era capaz de apodarme, era una reconciliación.
                - Sí abuelo, estoy cansada del ordenador. Los domingos son horribles encerrada todo el día en casa.
                - Sería buena hora para colocar tu habitación…
                - No empecemos abuelo.
                - No empiezo, tranquila. Ahora me apetece hablar contigo, dentro de poco es tu cumpleaños y tengo un regalo pendiente que darte.
                - Abuelo, ya he dicho que no quiero ningún regalo. Que cumplir dieciocho no significa que tengáis que tirar la casa por la ventana.
                - No es ese tipo de regalos, conejo. Quiero regalarte un recuerdo.
                - ¿Un recuerdo?
                - Sí, un recuerdo, una historia, una parte de mi vida que dentro de unos años olvidaré y que quiero que tú la mantengas con vida.
                - Y… ¿de qué se trata?
                - Presta atención pequeña. Espero que te sirva de algo.
                <<Corrían los años cuarenta, el final de la guerra había dejado al pueblo completamente desolado y mi madre apenas podía ocuparse de las bocas de sus siete hijos sin tener que maldecir cada día de la semana a un santo distinto por la escasez de esto y de aquello. La abuela Potenciana siempre fue de palabras directas y una de las mejores bebedoras de vino de toda la comarca. Podía dejar en el sitio a un jornalero sin que a ella se le notase siquiera el aliento a uva fermentada.
Vivíamos en una casa de piedra con una cuadra en la parte de atrás donde cerdos y gallinas comían alpiste de la calidad más precaria y perros jugaban a ver quién mordía a quién. La mañana del día que cambió mi vida me encontraba en el cuartucho donde dormía con mi hermano Aureliano, el segundo que salió del vientre de Potenciana detrás de mí. Las ecuaciones se me atragantaban y no conseguía resolver la que el maestro de clases nocturnas me había mandado para hoy. Alguien abrió la puerta y guardé bajo la almohada el papel y el lápiz. No podían saber que estaba asistiendo a clases, mi padrastro me mataría si supiese que el primogénito de dieciséis años estudiaba sin su consentimiento. Por suerte, María entró en la habitación con la altanería de quien es la última hija y única niña de la familia.
                - Padre te anda buscando.
                -Dile que estoy ocupado. La labor no es hasta las cuatro. – Le espeté esperando que captase que quería soledad.
                -Dice que vayas ya. Parece cabreado y nadie quiere ver a padre cabreado. Deja los estudios para más tarde y baja de una vez. – Dijo con una voz fría como el témpano. Suspiré y escondí bajo el colchón los apuntes. María era una de las pocas personas que sabía mi obsesión con las matemáticas y, a pesar de su desparpajo y soberanía, era la única que entendía por qué quería estudiar.
                Bajé los escalones con rapidez. Al viejo solo se le podía hacer esperar tres segundos antes de que sacase el cinturón para arrearte un latigazo. Miré por la puerta entreabierta de la cocina y le vi sentado a la mesa esperando que mi madre le sirviera el plato. “Inútil” pensé mientras abría lentamente la puerta con la cabeza baja “ni siquiera sabe dónde están los cubiertos”. El viejo levantó la mirada, como si me hubiese leído la mente, y susurró un audible “bastardo” con el que me apodaba cuando algo de lo que hacía le desagradaba. Por una parte me parecía lógico, el hecho de ser el único de los hijos de Potenciana que no era hijo suyo me hacía diferente, una diferencia que no le agradaba en absoluto y que usaba para castigarme con los trabajos más forzosos.
                - Ponte los zapatos de campo, nos vamos a segar en cuanto acabe de comer.
                - Pero si la siega no es hasta las cuatro y todavía son las dos.
                - He dicho que te pongas los zapatos. No eres nadie para cambiar las órdenes.
            - No he comido – le espeté, arrepintiéndome al momento de mis palabras. Me fulminó con la mirada mientras movía su mano hacia el cinturón.
                En ese momento apareció mi madre en la habitación. Nos miró a ambos y se giró a por dos platos de comida, dejando al viejo con la ganas de una paliza y a mí con la necesidad de salir corriendo.
                - Tomad. Comed rápido e íos. Tengo que poner la mesa para el resto. –Dijo Potenciana mientras nos servía dos platos de panceta, garbanzos y patatas.
                Engullí la comida, teniendo precaución de no atragantarme pero haciendo todo lo posible porque el plato quedase vacío para poder irme de la presencia del viejo. Nunca me aceptaría en su familia, lo sabía desde el momento en que me sacó de la escuela para ponerme a trabajar con él. Acabé en cinco minutos, dejé el plato en la pila y me fui corriendo a la habitación para ponerme los zapatos y pantalones de campo. La rodilla asomaba por un roto y el dedo gordo del pie derecho comenzaba a rasgar la tela buscando un agujero por el que respirar. Volví a bajar y preparé todos los utensilios mientras el viejo acababa de comer. A los diez minutos apareció con su boina y la vara que más que de apoyo le servía como instrumento de tortura.
                Caminamos veinte minutos en completo silencio hasta la finca familiar, tierra que le concedieron por su ayuda en las filas nacionales, motivo de más por su odio constante hacía mí, hijo de un supuesto jornalero republicano fallecido a comienzos de la guerra. No me gustaba recordar la guerra, en ella murieron muchos conocidos y demasiados amigos y no estaba a favor de ningún bando. En mi opinión ambos fueron crueles y ambos mataron, ninguno se merecía mi reconocimiento y solo esperaba que jamás se volviesen a anteponer las armas y los estúpidos ideales de un par de mandatarios a las vidas de miles de personas.
                Comencé a trabajar con los ojos achinados por la intensidad de la luz siestera y con las mismas ganas que un recién despertado tiene a levantarse de la cama. No entendía por qué habíamos adelantado dos horas el trabajo y mucho menos que me hiciese trabajar con ese sol abrasador en una tierra que solo desprendía polvo y calor. Una hora, dos horas, tres horas. Apenas había parado, llevaba lo que me parecían años recogiendo patatas y amoldando el suelo para el futuro nuevo cultivo. Mis fuerzas comenzaban a flojear y cada vez sentía mayor tentación a beber de la bota de vino y descansar unos minutos bajo la encina. Seguí escarbando en la tierra sacando los tubérculos para meterlos en una bolsa que tendría que cargar a hombros hasta casa, un camino que en esos momentos se me hacía eterno. No aguanté más. La boca me pedía cualquier tipo de líquido y mis brazos un descanso de cinco minutos. Fui hasta el encinar que había en un extremo de la finca y me senté mientras presionaba la bota de vino añejo del viejo y un chorro caliente y asqueroso rejuvenecía mi paladar. Al momento un dolor intenso recorrió cada vértice de mi cabeza y un pitido ensordecedor me perforó los tímpanos. Me palpé con la mano el pelo sudoroso y observé atónito cómo la sangre se derramaba por mis dedos....

(continuará).

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