sábado, 3 de noviembre de 2012

Una vida, un recuerdo (Parte II)


(Continuación)
...Al momento un dolor intenso recorrió cada vértice de mi cabeza y un pitido ensordecedor me perforó los tímpanos. Me palpé con la mano el pelo sudoroso y observé atónito cómo la sangre se derramaba por mis dedos...
                 Giré la cabeza, aturdido por el golpe, a tiempo para ver cómo la vara caía sobre mi espalda haciendo que un grito gutural saliese de mi boca. El viejo bramaba con la cara enrojecida de cólera pero el pitido de mis oídos impedía que escuchase sus palabras. Lamenté el momento en el que decidí descansar y dejé la bota de vino esperando que el viejo no se hubiese dado cuenta de que había bebido de ella.
                - ¡Bastardo! ¡Hijo de mala madre! ¡Ni siquiera sabes acatar las órdenes que te indican! –comencé a recobrarme poco a poco de la paulatina sordera y me intenté incorporar para poder esquivar los varazos que el viejo me propinaba en un estado de rabia incontrolable. – Eres un inútil. Un apestoso rojo inútil.
                -So-so-solo estaba descansando un poco.
                -¿Y quién te ha ordenado descansar? ¿Quién? No sabes hacer nada, eres escoria. – Intentó golpearme de nuevo pero agarré la vara con las dos manos, arrancándosela de las suyas. Mi furia estaba en aumento, no soportaba que me hiciesen sangrar y mucho menos que me insultasen tras tres horas segando sus tierras. - ¡Devuélveme la vara! Devuélvemela o juro por Dios que te arrepentirás de esto.
                No podía más, no aguantaba más a ese hombre que tanto desprecio y asco me tenía. Agarré el bastón con las dos manos y lo empujé contra mi pierna rompiéndolo en dos. Los ojos del viejo estallaron en llamas y se abalanzó hacia mí tirándome al suelo. Me aprisionó los brazos con sus rodillas y se sentó sobre mis costillas impidiéndome respirar. Una oleada de puñetazos fue lanzada hacia mi cara y sentí como por nuevas brechas manaban torrentes de sangre. Todavía sigo pensando que en ese momento mi padrastro no era un hombre sino un animal salvaje sediento de una venganza reprimida hacia el jornalero que poseyó a su mujer antes que él. Todavía me duelen los ojos al recordar su cara deformada y me fallan las piernas cuando pienso que nada habría pasado si no hubiese dejado de trabajar. El viejo se levantó, cansado de apretar los puños y me arreó una última patada con la que sentí cómo alguna costilla se salía de su posición. Me quedé tendido unos minutos, intentando recobrar un aliento y una sangre que moteaba las hojas secas de finales de verano. El viejo encendió un cigarro y miró al infinito dándome la espalda, su indiferencia ante lo que acababa de hacer me atemorizó y me recordó que en las guerras la gente borra para siempre su lado humano.
                - Levántate y recoge el saco lleno. Vete a casa y límpiate sin que nadie te vea. Mañana antes del alba quiero acabado el trabajo. Tienes todo el día para hacerlo.
                No rechisté. Hice lo que él me dijo y cargué a hombros el saco suplicando que no me encontrase a nadie por el camino. Llegué a casa y fui directo a la cuadra donde me limpié la sangre y las heridas en una palangana de agua. Subí con sigilo las escaleras y entré en el baño para vendarme los cortes más profundos. En ese momento vi mi reflejo y no me reconocí. La mejilla derecha estaba hinchada con un incipiente tono violeta, un corte me recorría la cabeza hasta el nacimiento del pelo y las encías me seguían sangrando con un par de dientes decantándose entre caer o volver a su posición. Pero eso no era lo que más me asustaba. Mi ojo. Mi ojo marrón que tantos guiños había hecho a las jóvenes de los alrededores y que tanto había escrutado las fórmulas geométricas no era más que un manto de sangre coagulada por el que tan solo veía una mancha negra. Una lágrima de impotencia cayó sobre la mejilla dolorida y de mi boca afloraron los sollozos del que prefiere morir a seguir con esa farsante vida. No puedo decir con exactitud el tiempo que agonicé entre lágrimas y convulsiones, reprimiendo los gritos que necesitaba sacar y tampoco sé de dónde encontré la fuerza de voluntad para tomar la decisión que tomé.
                Me quité la camiseta y corté la zona más limpia, ocultándome el ojo sangriento con ella. Entré en mi habitación, afortunadamente vacía, y metí en una bolsa una muda limpia, mis apuntes de las clases nocturnas y el poco dinero que había conseguido ahorrar haciendo chapuzas en las casas de los vecinos. Me cambié la ropa de trabajo por otra menos sucia y miré a mí alrededor. No volvería a pisar aquella casa. Bajé las escaleras suplicando que ningún crujido de madera delatase mi huida y salí de la casa con una hogaza de pan y una panceta en una mano y una bota de vino en la otra. Potenciana se sentiría mejor sabiendo que al menos su hijo comería durante unos días. Anduve sin mirar atrás, manteniendo la vista en el horizonte y sin pensar en el destino al que acudir, solo necesitaba salir de allí. Llegué al punto más alto del monte y me giré para ver por última vez el pueblo donde me había criado sin pensar por un momento si algún día volvería. Miré la casa donde se encontraba mi familia durmiendo y el único ojo que me quedaba se abrió atemorizado. María había salido a la cuadra y me miraba esperando una explicación. Estuvimos un tiempo con los ojos clavados uno sobre el otro hasta que su mirada mostró la comprensión que yo necesitaba para saber que, pasase lo que pasase, nunca me delataría. Alzó la mano para despedirse, ondeándola como una niña de siete años que va a perder a su hermano mayor y yo le respondí con el mismo acto, esperando que entrase en casa y no me fuese más duro de lo que ya era decir adiós a la persona a la que más aprecio tenía en el mundo. Continué caminando desapareciendo de su vista para que no viese las lágrimas de dolor y la rabia de un destino que no había elegido, pero que debía acatar>>
                - Pasaron quince largos años hasta que volví a ver a cuatro de mis hermanos y en la memoria tengo el recuerdo de los que ya no pude ver. Mi vida fue una vida dura, tuve que hacerme cargo de todo cuanto me rodeaba sin esperar recompensa alguna, pero soy feliz y no me arrepiento de la decisión que tomé. Conseguí un trabajo en una importante empresa, ascendí poco a poco hasta un cargo decente, conocí a tu preciosa abuela y tuve tres maravillosos hijos. Te tuve a ti cuando pensaba que ninguno de ellos me iba a dar una nieta y todas las semanas hablo con María por si algún día necesita de mi ayuda, o yo necesito de la suya. Las cosas malas pasan y son de ellas de las que debemos aprender. Yo afronté la huida como la opción más fácil, y quizás hubiese habido una opción mucho mejor, pues huir no es lo recomendado, pero afronté lo que se me planteó; seguí estudiando aquellas matemáticas que tanto se me atragantaban y comprendí que las culpas no se las puedo echar a nadie, que, aunque no fueron las formas, el viejo me dio la oportunidad de abrirme al mundo y que, aunque los tiempos han cambiado, tu decimoctavo cumpleaños será el comienzo de tu apertura a un mundo bastante distinto al mío, pero un mundo al fin y al cabo. Este es mi regalo zorro, quizás te hubiese sido de más provecho un poco de dinero, o quizás le encuentres una utilidad a esta historia de un viejo gordo que solo busca un locutorio al que hablar. Eres mi nieta y siempre te querré con todas mis fuerzas por mucho que consigas enfadarme y desesperarme y espero que sigas estudiando para tener un futuro mejor y les des a tus padres lo que yo no pude darle a los míos. Ahora, vete a la cama, mañana tienes clase y necesitarás todas las pilas cargadas para atender.
                Me levanté del sofá con una media sonrisa en la cara. Era el mejor regalo que jamás me habían hecho y nada en el mundo podría superarlo. Le di un beso en la mejilla y le abrace abarcando toda su barriga como hacía cuando era pequeña.
                -Buenas noches, abuelo. Eres el mejor.
                Me fui a mi habitación y cerré la puerta. Abrí los armarios de par en par y miré a mí alrededor. Ya era hora de colocar aquella habitación. 
-No era más que un manto de sangre coagulada...-

P.D: Por todas aquellas vidas que se pierden en la memoria. Por todos los que lucharon por hacerse un hueco en esta mugrienta sociedad. Por mi abuelo y por todos los abuelos que un día vivieron, y ahora viven del recuerdo.

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