(Continuación)
...Al momento un dolor intenso
recorrió cada vértice de mi cabeza y un pitido ensordecedor me perforó los
tímpanos. Me palpé con la mano el pelo sudoroso y observé atónito cómo la
sangre se derramaba por mis dedos...
Giré la cabeza, aturdido por el golpe, a
tiempo para ver cómo la vara caía sobre mi espalda haciendo que un grito
gutural saliese de mi boca. El viejo bramaba con la cara enrojecida de cólera
pero el pitido de mis oídos impedía que escuchase sus palabras. Lamenté el
momento en el que decidí descansar y dejé la bota de vino esperando que el
viejo no se hubiese dado cuenta de que había bebido de ella.
- ¡Bastardo! ¡Hijo de mala madre! ¡Ni siquiera sabes
acatar las órdenes que te indican! –comencé a recobrarme poco a poco de la
paulatina sordera y me intenté incorporar para poder esquivar los varazos que
el viejo me propinaba en un estado de rabia incontrolable. – Eres un inútil. Un
apestoso rojo inútil.
-So-so-solo estaba descansando un poco.
-¿Y quién te ha ordenado descansar? ¿Quién? No sabes
hacer nada, eres escoria. – Intentó golpearme de nuevo pero agarré la vara con
las dos manos, arrancándosela de las suyas. Mi furia estaba en aumento, no
soportaba que me hiciesen sangrar y mucho menos que me insultasen tras tres
horas segando sus tierras. - ¡Devuélveme la vara! Devuélvemela o juro por Dios
que te arrepentirás de esto.
No podía más, no aguantaba más a ese hombre que tanto
desprecio y asco me tenía. Agarré el bastón con las dos manos y lo empujé
contra mi pierna rompiéndolo en dos. Los ojos del viejo estallaron en llamas y
se abalanzó hacia mí tirándome al suelo. Me aprisionó los brazos con sus
rodillas y se sentó sobre mis costillas impidiéndome respirar. Una oleada de
puñetazos fue lanzada hacia mi cara y sentí como por nuevas brechas manaban
torrentes de sangre. Todavía sigo pensando que en ese momento mi padrastro no
era un hombre sino un animal salvaje sediento de una venganza reprimida hacia
el jornalero que poseyó a su mujer antes que él. Todavía me duelen los ojos al
recordar su cara deformada y me fallan las piernas cuando pienso que nada
habría pasado si no hubiese dejado de trabajar. El viejo se levantó, cansado de
apretar los puños y me arreó una última patada con la que sentí cómo alguna
costilla se salía de su posición. Me quedé tendido unos minutos, intentando
recobrar un aliento y una sangre que moteaba las hojas secas de finales de
verano. El viejo encendió un cigarro y miró al infinito dándome la espalda, su
indiferencia ante lo que acababa de hacer me atemorizó y me recordó que en las
guerras la gente borra para siempre su lado humano.
- Levántate y recoge el saco lleno. Vete a casa y
límpiate sin que nadie te vea. Mañana antes del alba quiero acabado el trabajo.
Tienes todo el día para hacerlo.
No rechisté. Hice lo que él me dijo y cargué a hombros
el saco suplicando que no me encontrase a nadie por el camino. Llegué a casa y
fui directo a la cuadra donde me limpié la sangre y las heridas en una
palangana de agua. Subí con sigilo las escaleras y entré en el baño para
vendarme los cortes más profundos. En ese momento vi mi reflejo y no me
reconocí. La mejilla derecha estaba hinchada con un incipiente tono violeta, un
corte me recorría la cabeza hasta el nacimiento del pelo y las encías me
seguían sangrando con un par de dientes decantándose entre caer o volver a su
posición. Pero eso no era lo que más me asustaba. Mi ojo. Mi ojo marrón que
tantos guiños había hecho a las jóvenes de los alrededores y que tanto había
escrutado las fórmulas geométricas no era más que un manto de sangre coagulada
por el que tan solo veía una mancha negra. Una lágrima de impotencia cayó sobre
la mejilla dolorida y de mi boca afloraron los sollozos del que prefiere morir
a seguir con esa farsante vida. No puedo decir con exactitud el tiempo que
agonicé entre lágrimas y convulsiones, reprimiendo los gritos que necesitaba
sacar y tampoco sé de dónde encontré la fuerza de voluntad para tomar la
decisión que tomé.
Me quité la camiseta y corté la zona más limpia,
ocultándome el ojo sangriento con ella. Entré en mi habitación, afortunadamente
vacía, y metí en una bolsa una muda limpia, mis apuntes de las clases nocturnas
y el poco dinero que había conseguido ahorrar haciendo chapuzas en las casas de
los vecinos. Me cambié la ropa de trabajo por otra menos sucia y miré a mí
alrededor. No volvería a pisar aquella casa. Bajé las escaleras suplicando que
ningún crujido de madera delatase mi huida y salí de la casa con una hogaza de
pan y una panceta en una mano y una bota de vino en la otra. Potenciana se
sentiría mejor sabiendo que al menos su hijo comería durante unos días. Anduve
sin mirar atrás, manteniendo la vista en el horizonte y sin pensar en el
destino al que acudir, solo necesitaba salir de allí. Llegué al punto más alto
del monte y me giré para ver por última vez el pueblo donde me había criado sin
pensar por un momento si algún día volvería. Miré la casa donde se encontraba
mi familia durmiendo y el único ojo que me quedaba se abrió atemorizado. María
había salido a la cuadra y me miraba esperando una explicación. Estuvimos un
tiempo con los ojos clavados uno sobre el otro hasta que su mirada mostró la
comprensión que yo necesitaba para saber que, pasase lo que pasase, nunca me
delataría. Alzó la mano para despedirse, ondeándola como una niña de siete años
que va a perder a su hermano mayor y yo le respondí con el mismo acto,
esperando que entrase en casa y no me fuese más duro de lo que ya era decir
adiós a la persona a la que más aprecio tenía en el mundo. Continué caminando
desapareciendo de su vista para que no viese las lágrimas de dolor y la rabia de
un destino que no había elegido, pero que debía acatar>>
- Pasaron quince largos años hasta que volví a ver a
cuatro de mis hermanos y en la memoria tengo el recuerdo de los que ya no pude
ver. Mi vida fue una vida dura, tuve que hacerme cargo de todo cuanto me
rodeaba sin esperar recompensa alguna, pero soy feliz y no me arrepiento de la
decisión que tomé. Conseguí un trabajo en una importante empresa, ascendí poco
a poco hasta un cargo decente, conocí a tu preciosa abuela y tuve tres
maravillosos hijos. Te tuve a ti cuando pensaba que ninguno de ellos me iba a
dar una nieta y todas las semanas hablo con María por si algún día necesita de
mi ayuda, o yo necesito de la suya. Las cosas malas pasan y son de ellas de las
que debemos aprender. Yo afronté la huida como la opción más fácil, y quizás
hubiese habido una opción mucho mejor, pues huir no es lo recomendado, pero
afronté lo que se me planteó; seguí estudiando aquellas matemáticas que tanto
se me atragantaban y comprendí que las culpas no se las puedo echar a nadie,
que, aunque no fueron las formas, el viejo me dio la oportunidad de abrirme al
mundo y que, aunque los tiempos han cambiado, tu decimoctavo cumpleaños será el
comienzo de tu apertura a un mundo bastante distinto al mío, pero un mundo al
fin y al cabo. Este es mi regalo zorro, quizás te hubiese sido de más provecho
un poco de dinero, o quizás le encuentres una utilidad a esta historia de un
viejo gordo que solo busca un locutorio al que hablar. Eres mi nieta y siempre
te querré con todas mis fuerzas por mucho que consigas enfadarme y desesperarme
y espero que sigas estudiando para tener un futuro mejor y les des a tus padres
lo que yo no pude darle a los míos. Ahora, vete a la cama, mañana tienes clase
y necesitarás todas las pilas cargadas para atender.
Me levanté del sofá con una media sonrisa en la cara.
Era el mejor regalo que jamás me habían hecho y nada en el mundo podría
superarlo. Le di un beso en la mejilla y le abrace abarcando toda su barriga
como hacía cuando era pequeña.
-Buenas noches, abuelo. Eres el mejor.
Me fui a mi habitación y cerré la puerta. Abrí los
armarios de par en par y miré a mí alrededor. Ya era hora de colocar aquella
habitación.
| -No era más que un manto de sangre coagulada...- |
P.D: Por todas aquellas vidas que se pierden en la memoria. Por todos los que lucharon por hacerse un hueco en esta mugrienta sociedad. Por mi abuelo y por todos los abuelos que un día vivieron, y ahora viven del recuerdo.
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