domingo, 18 de noviembre de 2012

Dicen.


Dicen que la vida es un frenesí de idas y venidas que nunca van a parar, y que solo en el último suspiro de un cuerpo en descomposición dará sentido a una vida plagada de incertidumbre, cólera y dolor. Dicen las malas lenguas que vivimos una época donde los cambios son cuerpos que decaen con la fuerza de un campo económico negativo. Dicen que seremos instrumentos generados y programados para trabajar hasta que los huesos no aguanten el peso de una piel que el cansancio hará caer. Dicen los malos pensamientos que viviremos en la más absoluta y completa impersonalidad. Hace tiempo me enseñaron que a lo malo caso no hay que hacer. Me enseñaron que soy infinitamente distinta al resto de personas que completan el resquicio de humanidad que aún queda en pie y que a su vez soy tan idéntica a cualquier ser vivo que conforma el universo como dos bolsillos de un mismo jersey. Dicen que el racismo no es más que el miedo de Analfabetismo a ser educado y que si la vida fuese en blanco y negro discriminarían en una hoguera al gris intermedio. Me dijeron que las cosas son de una forma y otra. Comprendí que los extremos siempre son malos. Me dijeron que Carpe Diem es una palabra latina. Anoté que es mejor entender un significado a usarlo sin darse cuenta del error. Dicen que la sociedad está perdida, que Futuro solo sueña con Presente, que Carpe Diem alzó bandera en su lucha contra Calma y Moderación, dicen que Caos reinará mientras Armonía cava una fosa común. Personalidad me susurró al oído, he aquí lo que dijo:

          “Patrañas y sandeces son las que oyeron tus sentidos. Blanco y negro son hermanos que no precisan de enemigos. El Caos Armónico es el que reina en los sueños de los niños y el Carpe Diem no es más que el Presente del Futuro al que devenimos”.

            Hice caso a sus palabras y proseguí con Calma. Vida no hace caso a profecías destartaladas. Sé que Felicidad reinará en nuestras almas.                        

                                                                    

viernes, 9 de noviembre de 2012

Paredes de cristal.

Quiero vivir en un mundo donde las paredes sean de cristal, 
y que con un simple chasquido podamos ir a otro lugar. 
Quiero vivir en un mundo donde se implore libertad, 
y que no haya palabra más bella que la lujuria del verbo amar. 
Quiero vivir en un mundo con infinitos colores sin importar 
la tonalidad de cada uno pues todos por igual se catalogarán.
Quiero vivir en un mundo donde sol y luna se combinen, 
mostrando a las personas que separados la vida no es factible.
Quiero vivir en un mundo donde nunca falte solidaridad,
donde maldad apenas sea vista y todos vivamos en comunidad.


...Quiero vivir en un mundo con paredes de cristal...

lunes, 5 de noviembre de 2012

Ensalada de Utopías.


Creé una utopía con una ensalada de judías…
Donde la revolución era a la francesa, guillotinando a los que un día cambiaron paz por riquezas. Donde las personas no solo se unían con el himno de una selección y por sus venas latía la sangre del egipcio que propuso la reivindicación. Donde el mundo no se dividiera en banderas y Estados, sino que pequeñas polis harían la función de gobiernos no obligados. Donde oligarquía y monarquía fuesen palabras desconocidas, escuchando por las calles el clamor de la democracia renacida. Donde Platón y Aristóteles se encarnarían en una asamblea, siendo base del gobierno del pueblo que la lleva. Donde ministros y ministerios dejarían de existir, siendo catedráticos los que guiarían el porvenir. Donde la constitución tuviese solo tres bases; educación, respeto y tolerancia, enseñadas en colegios como formas innatas. Donde la vida fuese más fácil, y la libertad de las personas las palabra más bella entre todas. Donde gritar no pasase de moda, el tiempo parase, y todos y cada uno de nosotros miráramos hacia delante.
Soñé con una utopía posible de conseguir, terminé la ensalada y me puse a escribir.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Amar el Amor


Querer no responde al verbo amar. Querer es la nimiedad de la palabra garrafal. Querer es la necesidad de tener lo que el egoísmo te hace desear, pero amar… Amar es correr laberintos indescifrables solo por sentir un simple palpitar. Es la adrenalina que desconecta tus sentidos más racionales, encontrando el ridículo en la objetividad. Amar es saborear la vida y verla cada día de mil formas distintas. Amar es la opresión de las ánimas cohibidas. Amar es un todo y es una nada. Es sentirte vacío cuando todo se extraña. Amar es llorar sin motivo y darlo todo sin esperar ser agradecido. Amar es el éxtasis natural, droga suprasensorial, la catarsis, el todo va genial. Amar… es cólera y dolor, alegría, sueños y lujuria sin presión. Amar es sentimiento intenso, te desgarra por dentro cada segundo que lo vas sintiendo. Amar es herir el corazón, dañar el alma y matar a la razón. Amar es destrucción, frustración, la muerte en su esplendor. Amor es todo cuanto tengo, cógelo si quieres, tuyo es mi amor, tuyo es mi tormento.




sábado, 3 de noviembre de 2012

Una vida, un recuerdo (Parte II)


(Continuación)
...Al momento un dolor intenso recorrió cada vértice de mi cabeza y un pitido ensordecedor me perforó los tímpanos. Me palpé con la mano el pelo sudoroso y observé atónito cómo la sangre se derramaba por mis dedos...
                 Giré la cabeza, aturdido por el golpe, a tiempo para ver cómo la vara caía sobre mi espalda haciendo que un grito gutural saliese de mi boca. El viejo bramaba con la cara enrojecida de cólera pero el pitido de mis oídos impedía que escuchase sus palabras. Lamenté el momento en el que decidí descansar y dejé la bota de vino esperando que el viejo no se hubiese dado cuenta de que había bebido de ella.
                - ¡Bastardo! ¡Hijo de mala madre! ¡Ni siquiera sabes acatar las órdenes que te indican! –comencé a recobrarme poco a poco de la paulatina sordera y me intenté incorporar para poder esquivar los varazos que el viejo me propinaba en un estado de rabia incontrolable. – Eres un inútil. Un apestoso rojo inútil.
                -So-so-solo estaba descansando un poco.
                -¿Y quién te ha ordenado descansar? ¿Quién? No sabes hacer nada, eres escoria. – Intentó golpearme de nuevo pero agarré la vara con las dos manos, arrancándosela de las suyas. Mi furia estaba en aumento, no soportaba que me hiciesen sangrar y mucho menos que me insultasen tras tres horas segando sus tierras. - ¡Devuélveme la vara! Devuélvemela o juro por Dios que te arrepentirás de esto.
                No podía más, no aguantaba más a ese hombre que tanto desprecio y asco me tenía. Agarré el bastón con las dos manos y lo empujé contra mi pierna rompiéndolo en dos. Los ojos del viejo estallaron en llamas y se abalanzó hacia mí tirándome al suelo. Me aprisionó los brazos con sus rodillas y se sentó sobre mis costillas impidiéndome respirar. Una oleada de puñetazos fue lanzada hacia mi cara y sentí como por nuevas brechas manaban torrentes de sangre. Todavía sigo pensando que en ese momento mi padrastro no era un hombre sino un animal salvaje sediento de una venganza reprimida hacia el jornalero que poseyó a su mujer antes que él. Todavía me duelen los ojos al recordar su cara deformada y me fallan las piernas cuando pienso que nada habría pasado si no hubiese dejado de trabajar. El viejo se levantó, cansado de apretar los puños y me arreó una última patada con la que sentí cómo alguna costilla se salía de su posición. Me quedé tendido unos minutos, intentando recobrar un aliento y una sangre que moteaba las hojas secas de finales de verano. El viejo encendió un cigarro y miró al infinito dándome la espalda, su indiferencia ante lo que acababa de hacer me atemorizó y me recordó que en las guerras la gente borra para siempre su lado humano.
                - Levántate y recoge el saco lleno. Vete a casa y límpiate sin que nadie te vea. Mañana antes del alba quiero acabado el trabajo. Tienes todo el día para hacerlo.
                No rechisté. Hice lo que él me dijo y cargué a hombros el saco suplicando que no me encontrase a nadie por el camino. Llegué a casa y fui directo a la cuadra donde me limpié la sangre y las heridas en una palangana de agua. Subí con sigilo las escaleras y entré en el baño para vendarme los cortes más profundos. En ese momento vi mi reflejo y no me reconocí. La mejilla derecha estaba hinchada con un incipiente tono violeta, un corte me recorría la cabeza hasta el nacimiento del pelo y las encías me seguían sangrando con un par de dientes decantándose entre caer o volver a su posición. Pero eso no era lo que más me asustaba. Mi ojo. Mi ojo marrón que tantos guiños había hecho a las jóvenes de los alrededores y que tanto había escrutado las fórmulas geométricas no era más que un manto de sangre coagulada por el que tan solo veía una mancha negra. Una lágrima de impotencia cayó sobre la mejilla dolorida y de mi boca afloraron los sollozos del que prefiere morir a seguir con esa farsante vida. No puedo decir con exactitud el tiempo que agonicé entre lágrimas y convulsiones, reprimiendo los gritos que necesitaba sacar y tampoco sé de dónde encontré la fuerza de voluntad para tomar la decisión que tomé.
                Me quité la camiseta y corté la zona más limpia, ocultándome el ojo sangriento con ella. Entré en mi habitación, afortunadamente vacía, y metí en una bolsa una muda limpia, mis apuntes de las clases nocturnas y el poco dinero que había conseguido ahorrar haciendo chapuzas en las casas de los vecinos. Me cambié la ropa de trabajo por otra menos sucia y miré a mí alrededor. No volvería a pisar aquella casa. Bajé las escaleras suplicando que ningún crujido de madera delatase mi huida y salí de la casa con una hogaza de pan y una panceta en una mano y una bota de vino en la otra. Potenciana se sentiría mejor sabiendo que al menos su hijo comería durante unos días. Anduve sin mirar atrás, manteniendo la vista en el horizonte y sin pensar en el destino al que acudir, solo necesitaba salir de allí. Llegué al punto más alto del monte y me giré para ver por última vez el pueblo donde me había criado sin pensar por un momento si algún día volvería. Miré la casa donde se encontraba mi familia durmiendo y el único ojo que me quedaba se abrió atemorizado. María había salido a la cuadra y me miraba esperando una explicación. Estuvimos un tiempo con los ojos clavados uno sobre el otro hasta que su mirada mostró la comprensión que yo necesitaba para saber que, pasase lo que pasase, nunca me delataría. Alzó la mano para despedirse, ondeándola como una niña de siete años que va a perder a su hermano mayor y yo le respondí con el mismo acto, esperando que entrase en casa y no me fuese más duro de lo que ya era decir adiós a la persona a la que más aprecio tenía en el mundo. Continué caminando desapareciendo de su vista para que no viese las lágrimas de dolor y la rabia de un destino que no había elegido, pero que debía acatar>>
                - Pasaron quince largos años hasta que volví a ver a cuatro de mis hermanos y en la memoria tengo el recuerdo de los que ya no pude ver. Mi vida fue una vida dura, tuve que hacerme cargo de todo cuanto me rodeaba sin esperar recompensa alguna, pero soy feliz y no me arrepiento de la decisión que tomé. Conseguí un trabajo en una importante empresa, ascendí poco a poco hasta un cargo decente, conocí a tu preciosa abuela y tuve tres maravillosos hijos. Te tuve a ti cuando pensaba que ninguno de ellos me iba a dar una nieta y todas las semanas hablo con María por si algún día necesita de mi ayuda, o yo necesito de la suya. Las cosas malas pasan y son de ellas de las que debemos aprender. Yo afronté la huida como la opción más fácil, y quizás hubiese habido una opción mucho mejor, pues huir no es lo recomendado, pero afronté lo que se me planteó; seguí estudiando aquellas matemáticas que tanto se me atragantaban y comprendí que las culpas no se las puedo echar a nadie, que, aunque no fueron las formas, el viejo me dio la oportunidad de abrirme al mundo y que, aunque los tiempos han cambiado, tu decimoctavo cumpleaños será el comienzo de tu apertura a un mundo bastante distinto al mío, pero un mundo al fin y al cabo. Este es mi regalo zorro, quizás te hubiese sido de más provecho un poco de dinero, o quizás le encuentres una utilidad a esta historia de un viejo gordo que solo busca un locutorio al que hablar. Eres mi nieta y siempre te querré con todas mis fuerzas por mucho que consigas enfadarme y desesperarme y espero que sigas estudiando para tener un futuro mejor y les des a tus padres lo que yo no pude darle a los míos. Ahora, vete a la cama, mañana tienes clase y necesitarás todas las pilas cargadas para atender.
                Me levanté del sofá con una media sonrisa en la cara. Era el mejor regalo que jamás me habían hecho y nada en el mundo podría superarlo. Le di un beso en la mejilla y le abrace abarcando toda su barriga como hacía cuando era pequeña.
                -Buenas noches, abuelo. Eres el mejor.
                Me fui a mi habitación y cerré la puerta. Abrí los armarios de par en par y miré a mí alrededor. Ya era hora de colocar aquella habitación. 
-No era más que un manto de sangre coagulada...-

P.D: Por todas aquellas vidas que se pierden en la memoria. Por todos los que lucharon por hacerse un hueco en esta mugrienta sociedad. Por mi abuelo y por todos los abuelos que un día vivieron, y ahora viven del recuerdo.

lunes, 29 de octubre de 2012

Una vida. Un recuerdo.


                Bajé con pesar la mirada al ordenador. Nada. El chat apagado, los mensajes enviados y el aburrimiento buscando las llaves para abrir la puerta de casa. Subí la cabeza de nuevo. Otro nada desquiciante. Los reflejos de una persecución policial de una de tantas películas sobre persecuciones policiales salían de la pantalla refractándose en los cristales de mis gafas. Me las quité. Jamás llegaré a soportar el peso de esas patillas sobre mis orejas. Miré al sofá de al lado. Un casi octogenario hombretón de panza desproporcionada y pelo blanco como las cenizas de la madera consumida miraba la tele con vista cansada, como si el hecho de que el policía hubiese atrapado al ladrón tras veinte minutos de balas y patadas le pareciese lo más insustancial del mundo. “Tendrían que haber matado a alguien, esto no es cine” habría comentado a voces si hoy no le hubiese enfadado. Me temo que la diferencia de sesenta años hace que contestemos de formas un tanto distintas a la pregunta de cómo recoger una habitación. La suya está impecable, no lo niego, pero mi subconsciente se siente mucho más cómodo dentro de un recinto lleno de pósters en el que no se vea un resquicio del suelo. Volví a bajar la mirada para ver si había alguna novedad en el “cachivache con letras” que tenía en las piernas. Nada. Opté por apagar el portátil para no acabar desesperada ante la falta de comunicación de un domingo por la noche. Aburrimiento ya había encontrado la llave y se encontraba a mi lado mirándome con una sonrisa de superioridad en la boca. Desesperación era la que se acababa de despertar para amargarme más el final de semana. Por el rabillo del ojo vi que mi abuelo se incorporaba para coger el mando de la tele. “Boxeo no, boxeo no, boxeo no” rogué con una cara que reflejaba el pavoroso temor que me inundaba cuando mi abuelo cogía el mando. Sin embargo, mi expresión paso de miedo a incomprensión y de ahí a perplejidad cuando un manto negro inundó la pantalla y un incómodo silencio asoló toda la casa.
                - Ya era hora de que apagases ese cacharro. – dijo mi abuelo. No contesté, no sabía si su tono indicaba el comienzo de una pelea como la de esta mañana o una reconciliación – creo que tú y yo tenemos una conversación pendiente, zorro. – Suspiré, me había llamado de la forma más cariñosa con la que era capaz de apodarme, era una reconciliación.
                - Sí abuelo, estoy cansada del ordenador. Los domingos son horribles encerrada todo el día en casa.
                - Sería buena hora para colocar tu habitación…
                - No empecemos abuelo.
                - No empiezo, tranquila. Ahora me apetece hablar contigo, dentro de poco es tu cumpleaños y tengo un regalo pendiente que darte.
                - Abuelo, ya he dicho que no quiero ningún regalo. Que cumplir dieciocho no significa que tengáis que tirar la casa por la ventana.
                - No es ese tipo de regalos, conejo. Quiero regalarte un recuerdo.
                - ¿Un recuerdo?
                - Sí, un recuerdo, una historia, una parte de mi vida que dentro de unos años olvidaré y que quiero que tú la mantengas con vida.
                - Y… ¿de qué se trata?
                - Presta atención pequeña. Espero que te sirva de algo.
                <<Corrían los años cuarenta, el final de la guerra había dejado al pueblo completamente desolado y mi madre apenas podía ocuparse de las bocas de sus siete hijos sin tener que maldecir cada día de la semana a un santo distinto por la escasez de esto y de aquello. La abuela Potenciana siempre fue de palabras directas y una de las mejores bebedoras de vino de toda la comarca. Podía dejar en el sitio a un jornalero sin que a ella se le notase siquiera el aliento a uva fermentada.
Vivíamos en una casa de piedra con una cuadra en la parte de atrás donde cerdos y gallinas comían alpiste de la calidad más precaria y perros jugaban a ver quién mordía a quién. La mañana del día que cambió mi vida me encontraba en el cuartucho donde dormía con mi hermano Aureliano, el segundo que salió del vientre de Potenciana detrás de mí. Las ecuaciones se me atragantaban y no conseguía resolver la que el maestro de clases nocturnas me había mandado para hoy. Alguien abrió la puerta y guardé bajo la almohada el papel y el lápiz. No podían saber que estaba asistiendo a clases, mi padrastro me mataría si supiese que el primogénito de dieciséis años estudiaba sin su consentimiento. Por suerte, María entró en la habitación con la altanería de quien es la última hija y única niña de la familia.
                - Padre te anda buscando.
                -Dile que estoy ocupado. La labor no es hasta las cuatro. – Le espeté esperando que captase que quería soledad.
                -Dice que vayas ya. Parece cabreado y nadie quiere ver a padre cabreado. Deja los estudios para más tarde y baja de una vez. – Dijo con una voz fría como el témpano. Suspiré y escondí bajo el colchón los apuntes. María era una de las pocas personas que sabía mi obsesión con las matemáticas y, a pesar de su desparpajo y soberanía, era la única que entendía por qué quería estudiar.
                Bajé los escalones con rapidez. Al viejo solo se le podía hacer esperar tres segundos antes de que sacase el cinturón para arrearte un latigazo. Miré por la puerta entreabierta de la cocina y le vi sentado a la mesa esperando que mi madre le sirviera el plato. “Inútil” pensé mientras abría lentamente la puerta con la cabeza baja “ni siquiera sabe dónde están los cubiertos”. El viejo levantó la mirada, como si me hubiese leído la mente, y susurró un audible “bastardo” con el que me apodaba cuando algo de lo que hacía le desagradaba. Por una parte me parecía lógico, el hecho de ser el único de los hijos de Potenciana que no era hijo suyo me hacía diferente, una diferencia que no le agradaba en absoluto y que usaba para castigarme con los trabajos más forzosos.
                - Ponte los zapatos de campo, nos vamos a segar en cuanto acabe de comer.
                - Pero si la siega no es hasta las cuatro y todavía son las dos.
                - He dicho que te pongas los zapatos. No eres nadie para cambiar las órdenes.
            - No he comido – le espeté, arrepintiéndome al momento de mis palabras. Me fulminó con la mirada mientras movía su mano hacia el cinturón.
                En ese momento apareció mi madre en la habitación. Nos miró a ambos y se giró a por dos platos de comida, dejando al viejo con la ganas de una paliza y a mí con la necesidad de salir corriendo.
                - Tomad. Comed rápido e íos. Tengo que poner la mesa para el resto. –Dijo Potenciana mientras nos servía dos platos de panceta, garbanzos y patatas.
                Engullí la comida, teniendo precaución de no atragantarme pero haciendo todo lo posible porque el plato quedase vacío para poder irme de la presencia del viejo. Nunca me aceptaría en su familia, lo sabía desde el momento en que me sacó de la escuela para ponerme a trabajar con él. Acabé en cinco minutos, dejé el plato en la pila y me fui corriendo a la habitación para ponerme los zapatos y pantalones de campo. La rodilla asomaba por un roto y el dedo gordo del pie derecho comenzaba a rasgar la tela buscando un agujero por el que respirar. Volví a bajar y preparé todos los utensilios mientras el viejo acababa de comer. A los diez minutos apareció con su boina y la vara que más que de apoyo le servía como instrumento de tortura.
                Caminamos veinte minutos en completo silencio hasta la finca familiar, tierra que le concedieron por su ayuda en las filas nacionales, motivo de más por su odio constante hacía mí, hijo de un supuesto jornalero republicano fallecido a comienzos de la guerra. No me gustaba recordar la guerra, en ella murieron muchos conocidos y demasiados amigos y no estaba a favor de ningún bando. En mi opinión ambos fueron crueles y ambos mataron, ninguno se merecía mi reconocimiento y solo esperaba que jamás se volviesen a anteponer las armas y los estúpidos ideales de un par de mandatarios a las vidas de miles de personas.
                Comencé a trabajar con los ojos achinados por la intensidad de la luz siestera y con las mismas ganas que un recién despertado tiene a levantarse de la cama. No entendía por qué habíamos adelantado dos horas el trabajo y mucho menos que me hiciese trabajar con ese sol abrasador en una tierra que solo desprendía polvo y calor. Una hora, dos horas, tres horas. Apenas había parado, llevaba lo que me parecían años recogiendo patatas y amoldando el suelo para el futuro nuevo cultivo. Mis fuerzas comenzaban a flojear y cada vez sentía mayor tentación a beber de la bota de vino y descansar unos minutos bajo la encina. Seguí escarbando en la tierra sacando los tubérculos para meterlos en una bolsa que tendría que cargar a hombros hasta casa, un camino que en esos momentos se me hacía eterno. No aguanté más. La boca me pedía cualquier tipo de líquido y mis brazos un descanso de cinco minutos. Fui hasta el encinar que había en un extremo de la finca y me senté mientras presionaba la bota de vino añejo del viejo y un chorro caliente y asqueroso rejuvenecía mi paladar. Al momento un dolor intenso recorrió cada vértice de mi cabeza y un pitido ensordecedor me perforó los tímpanos. Me palpé con la mano el pelo sudoroso y observé atónito cómo la sangre se derramaba por mis dedos....

(continuará).

jueves, 18 de octubre de 2012

Somos.


Las palabras, el lenguaje, el significante, conceptos que buscan la definición de todo cuanto nos rodea pero los cuales no llegamos a comprender. Somos. La autodefinición de nuestro ser se encuentra en una palabra que empleamos sin preguntarnos qué hay más allá de su significado superficial. Las palabras significan, presentan conceptos de la naturaleza y esta, por mucho que el ser humano intente relegarla de su puesto, es el origen de todo lo que comprendemos y todo lo que somos. De nuevo, somos. Las palabras pesan, se mueven, buscan el porqué de las nimiedades y nos facilitan la comunicación. Pero las palabras no son simples canales. Las palabras conforman el lenguaje, y el lenguaje es el símbolo del símbolo, es la necesidad de explicar aquello que nos hace sentir, que nos hace palpitar. Cuando la palabra somos se utilizó para definirnos a nosotros, a los humanos, se cargó de un significado que los propios somos, las propias personas, hemos olvidado. Somos es ser, existir, pertenecer a una realidad que desconocemos y que es preciso indagar. Conformarnos como los somos es comprender esa realidad, palparla y sentirla, observar como el propio significado de ese significante se carga de insignificancia ante el descubrimiento de aquello que no podemos definir. La palabra realidad pierde importancia al pensar en lo que es la realidad. Abarcar la magnificencia de la naturaleza con una simple palabra inventada por los somos es caer en el dañino manto de la superficialidad. Las palabras no muestran por sí mismas la verdadera realidad. Son un mero instrumento que nos hace caer en la facilidad y la sencillez, obnubilando la complejidad de nuestro yo interno y del mundo externo, haciéndonos caer en la espiral de una vida que no es vida, de una vida que no busca el sentido complejo de la propia palabra vida, sino que se queda atascada en el automatismo y el estereotipo, sin ir más allá.
El lenguaje fue creado por animales racionales, animales que pensaron y buscaron cómo nombrar a los pensamientos y que elaboraron un complejo código con el que poder explicar al resto de somos lo que uno mismo es o quiere ser. Desprestigiar el lenguaje utilizándolo de forma mecánica elimina nuestra racionalidad, lo que nos confiere como somos, y nos obliga a catalogar a los que antes eran los somos como meros robots. La sociedad busca eso, robots, seres humanos programados y diseñados para una vida superficial, una vida fácil y sencilla donde el pensamiento no tenga cabida. Darse cuenta de la complejidad de cada una de las palabras que abordan nuestro lenguaje nos permite descubrir la complejidad de la vida, nos hace experimentar con mayor tensión y deseo lo que esta nos ofrece. Buscamos saber cada vez más, porque los somos no podemos autodefinirnos como somos sin saber cómo es lo demás. Ser somos y no robots es ser seres humanos, y ser humanos nos confiere la racionalidad que muchos ya han perdido. Buscar el “por qué” y no el “porque sí” es el primer paso que debemos dar hacia ese resquicio de humanidad que aún queda en pie. Tras ello, solo queda intentar comprender, intentar pensar, buscar dentro de nosotros lo que somos de verdad. Somos los somos; simple humanidad.
18/10/2012
P.D: Las palabras son instrumentos del alma, vías de desahogo de sentimientos difíciles de catalogar. La escritura busca la calma del cuerpo tras la tempestad del pensamiento. Allí está zozobra, susurrando al oído la letanía de un lamento que nunca tiene fin. 
Zozobra me susurra al oído, me dice que tranquilidad no es el camino, que prosiga con lo que escribo, sandeces donde el corazón piensa, y el cerebro hace de testigo.